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Opinión

El último lector | Elogio a la embriaguez

Por: Rael Salvador

Al leer los poemas de Anel Mora que conforman “Poemas de cantina” me surge la copiosa idea de pasarlo por el alambique del escritor ruso León Tolstói y obtener de él —en un apresurado elogio a la embriaguez— el destilado de la primera y célebre línea de “Ana Karenina”: “Todos los ebrios se parecen unos a otros, pero cada ebrio es poeta a su manera”.*

“Poemas de cantina” (Proyecto editorial El Cofre, 2015) da cuenta puntual a los habitantes mitológicos de los incontables tabernáculos y bares del mundo, sobre todo a aquellos hermanos parroquianos que “traen historias sobre sus hombros que se vuelven interminables ríos al contacto con las bebidas”, afluentes donde se acumulan sueños, aventuras y otros saberes y sinsabores…

A ellos que, como “acatengas” de oro —Atlas de pisos de aserrín (escarabajos peloteros que, como los poetas, se guían por las estrellas)—, todos amigos y contertulios “que cuando beben las palabras y el vino, llenos de nostalgia, lloran cuando se trata de amores”.

Dejando la llama como bandera en la herida —siempre reblandecida por la botella de penas, esa que llena el verso de alcohol— logra que la dedicatoria sea una declaración de principios, rematando en estocada: “Y a ti corazón, que te veo siempre entre esas caras, entre esas cantinas desoladas…”.

Y esa llama se desdobla en su mortal acierto, compagina el deseo y el anhelo, la elevación y la terrenalidad, la alcoholización y la resaca, para que César Morales sentencie en el prólogo de estos “Poemas de cantina” —al sabor de cada enunciación, al latido de cada trago— lo siguiente: “Para un poeta no siempre es fácil abandonar los lugares comunes, y miren que un bar debiera ser el rincón más común, cuando la pluma dicta tanta melancolía, cuando el ser amado llega en recuerdos, en nostalgias, debieran ser más comunes que un Oxxo. Y en cada esquina, en cada parada de autobús y en cada olvido debería de edificarse un bar, deberían nacer como los búlgaros, uno sobre otro y todos a su vez debieran tener una rockola, con la canción que a él o a ella le guste…”

Versos como espejos, las espumas de estos amarres van del homenaje íntimo a las alusiones de la plenitud honesta, esa donde el dolor —ya sin amor, por eso es dolor— se convierte en adagio y su grafito se embelesa alimentando de demonios el volcán de la carne a partir de la cifra de tragos y estragos…

Las cantinas, esa tierra de nadie, lugar que concentra el peligro de la seducción —la del enemigo leal por excelencia—; cielo, suelo y duelo, donde los principios éticos los dicta la tradición de los grandes bebedores, los amantes inolvidables y los más insensatos arrebatos de bondad, como cuando Anel hace corte de caja y nos canta: «Las querencias son así/ ingenuas/
desmedidas/
con un halo de esperanza todo el tiempo/ con una desmedida entrega taciturna/ sin preguntas/
sin respuestas/
sin cargar hábitos inútiles/
con la seguridad de un hoy/
de un “te quiero”/
de una mirada sin reservas» (de Querencias).

Para ciertos mares conviene estar ya ahogado, como en los verdaderos amares conviene ya estar borracho, porque nada ni nadie, ante un “amor eterno”, puede asegurar la permanencia ni en la vida ni en la existencia. Así nos recuerda Anel Mora en “Poemas de cantina”: “Dime poeta/ qué sabor tienen las flores/ y los frutos cuando tus labios encadenados se obstruyen/ por el acoso constante de la existencia vacía/ y vacíos los corazones/
y vacías las miradas/ y las manos vacías de esperanza…”


Escritora vivaz, navegante de estrellas y profesora de literatura (guerrerense, hace tiempo afincada en Ensenada), su lúcida indecencia de amor es aquella que, en su “embriaguez” poética, nos garantiza la parte difícil de la verdad, cuando en verdad amamos.

raelart@hotmail.com

  • Paráfrasis de: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”.

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