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Opinión

Mar de Historias | Magno desayuno

Por: Cristina Pacheco


¿Me llegó algo de correo?
, pregunta Nadia. Refugio, la empleada doméstica que la auxilia dos veces por semana, responde que sólo una tarjeta que le dejó un señor. ¿Qué señor? No me dijo su nombre y tampoco se lo pregunté. Se veía que andaba de prisa. ¿Me das la tarjeta? La puse encima de la mesa.

Nadia se dirige al comedor, toma la postal y lee: “Magno desayuno. Es hora de volver a celebrar. Bienvenidos camaradas de la generación…” En otras conmemoraciones de la secundaria recibió convocatorias semejantes. Quedaron suspendidas en el 97, lo que significa que hace por lo menos 26 años que no se reúne con el grupo que hizo historia en su escuela.

II

Nadia ignora el resto del texto y se concentra en el nombre del firmante: Rodolfo Mancilla Pons, acompañado de la frase que él acuñó desde la primera reunión: Nos encontraremos donde ustedes saben. En el salón grande, donde estaba el laboratorio de química, ¿dónde más?, murmura Nadia, sorprendida por la constancia y el temperamento empresarial de Rodolfo. De adolescente, lo recuerda como un muchacho de regular estatura, fornido, de ojos y cabello claros. Sus afanes de líder varias veces lo pusieron en riesgo de expulsión. Nadia vuelve a mirar la tarjeta y descubre, escrito con números minúsculos, un teléfono.

Debe de ser el de Rodolfo. Le gustaría llamarle para sorprenderlo cuando la oiga confirmar personalmente su asistencia y, de paso, le pregunte si aún está casado, si conserva la maderería que heredó de su padre, si la investigación científica le deja tiempo para el alpinismo.

III

Mientras da sorbitos a la taza de té que siempre bebe antes de dormir, Nadia sigue pensando en el desayuno con sus ex compañeros. Le gustaría impresionarlos. Dada la ocasión y la hora, se pondrá ropa informal pero elegante. Una pashmina, zapatillas de medio tacón, arracadas de plata y la pulsera de monedas, obsequio de Rodolfo cuando empezaron a ser novios, contribuirán a darle un muy buen aspecto.

Anhela ver la expresión de Rodolfo cuando advierta que ella conserva la joya de bisutería. Es posible que en ese momento, impulsado por los recuerdos y las emociones, la aparte discretamente a un rincón donde puedan hablar con cierta privacidad, ajenos a las bromas y las miradas maliciosas de la concurrencia.

Tomando en cuenta el tiempo transcurrido, es mejor preguntarse: ¿cuántos de quienes estaban en el 3º C asistirán? Eso podrá decírselo Rodolfo, quien de seguro tiene la lista de invitados por orden alfabético y una palomita junto al nombre de quienes ya cubrieron la cuota de cuatrocientos pesos, que incluye un boleto para la rifa de una computadora y dos celulares.

Nadia adivina que, al final de la celebración, a la hora de las despedidas, las invitadas –las muchachas, como sigue llamando a sus ex compañeras– tomarán los adornos florales de las mesas para llevárselos como un recuerdo de tan emotiva celebración, pese a que tal vez algunos de sus condiscípulos, por razones de trabajo, no hayan podido asistir o porque lamentablemente ya no pasan lista. QEPD.

IV

El sábado a las nueve de la mañana, la calle frente a la secundaria está invadida por los automóviles y los acomodadores. Nadia conduce su coche al estacionamiento próximo a la funeraria. De allí tendrá que caminar un poco, cosa que la alegra porque así dispondrá de unos minutos para poner en orden las emociones propias del rencuentro con sus amigos y, sobre todo, con toda una época.

Consulta el celular: son nueve y media. A esas horas –piensa Nadia– los asistentes al desayuno estarán saludándose, eligiendo sus lugares o conversando a mitad del salón con sendos vasitos de jugo de naranja entre las manos. Considera que es el momento perfecto para incorporarse a la reunión.

Al entrar en el comedor, Nadia comprueba que todo esté ocurriendo como lo imaginó, excepto que los asistentes llevan ropas informales, casi deportiva. La primera en acercarse a ella es Elvira, quien la analiza de arriba a abajo y exclama: ¡Qué bárbara! ¿Todavía usas tacones? Es malísimo para la columna, por eso verás que ya nunca me quito los tenis. Además, ¿para qué? ¿Dónde quieres sentarte? Nadia contesta que le gustaría estar en la mesa de Rodolfo, hace mucho que no platican y…” Félix, el sobrino que accedió a acompañarla con la esperanza de que ella se gane una computadora, señala hacia una mesa lateral.

Nadia camina en esa dirección. Sale a su encuentro un hombre que viste pants. No lo reconoce y le pregunta por Rodolfo. El interrogado le responde: Soy yo. Me llamo igual que mi padre, siempre me habla de ti. Él, ¿dónde está? No pudo venir. Con el cambio de clima se le agudizan los problemas pulmonares. Me pidió que te diera muchos saludos. ¿Te sientas con mi esposa y conmigo?

Nadia accede. Al poner su bolsa sobre la mesa nota que el arreglo floral es de plástico; va a comentarlo, pero se siente observada por una mujer de cabello largo y entrecano que no duda en identificarse: “¡Soy Minerva! Nos sentábamos juntas. Oye, por cierto, qué bien te ves. ¿Te operaste, verdad? Me gustaría darme una hojalateada, pero Moisés, mi segundo marido, no quiere. Dice que le gusto como soy. Te presento cuando regrese. Fue a la cocina porque los chilaquiles que están sirviendo le dan agruras y le provocan gases.”

Ante la confesión, Nadia sonríe y se vuelve hacia la puerta atraída por los primeros acordes de Las mañanitas, interpretadas por un grupo de mariachis. Elvira se cubre los oídos con las manos y dice a gritos: Por la música en vivo nos salen tan caros los desayunos. Cuando hable con Rodolfo papá voy a recomendarle que usemos música grabada. Se oye muy bien, le subes o le bajas cuando quieres y no te cuesta un centavo.

Nadia siente opresión, se levanta con el pretexto de ir al baño, pero sigue hacia la reja entreabierta sobre la que cuelga una gran lona que ha empezado a desprenderse, donde se lee: Magno desayuno de ex alumnos. Es hora de celebrar.

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