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Opinión

Relaciones de poder en los flujos fronterizos entre México – EUA en la era Covid (2020-2022)

Por: Adrián Botello Mares | Voces de El Colef

Como si fuera un imaginario maquiavélico, una aguda sentencia foucaultiana, o un escenario distópico de una serie de ciencia ficción, el Covid llegó y se quedó, como virus biológico y como fenómeno sociohistórico. El interés de esta columna se centra en esta última perspectiva, la sociohistórica, ya que el fenómeno Covid no es sólo biomédico, es también social, aunque desde esta perspectiva no se haya tomado tanto en cuenta su valor epistémico.

La relación histórica de poder en la frontera México – Estados Unidos es un ejemplo contundente. El virus propició la decisión de los EUA de cerrar la frontera para viajes no esenciales a extranjeros y no residentes, lo cual remitió a una serie de asimetrías en la práctica. El cierre de las fronteras estadounidenses fue en general, sin embargo, en el caso de su vecindad terrestre con México la medida fue llevada a cabo también en términos simbólicos y en una notoria relación dispar de poder, con un cierre de norte a sur, aunque el gobierno mexicano se haya corresponsabilizado a homologar la medida también de sur a norte, pero tal medida fue meramente diplomática y no práctica.

El cierre de esta frontera terrestre duró 597 días, es decir, casi 20 meses, desde marzo de 2020, hasta noviembre de 2021, lo que implicó un suceso histórico con gran impacto en la población fronteriza. Los viajes esenciales, en la práctica, fueron restringidos de sur a norte, no así de norte a sur (donde ni siquiera hubo un mínimo control sanitario, ya que en lo legal es ya una práctica sobreentendida el hecho de que el estadounidense no requiere ningún documento para ingresar a México). Esos días de restricción hicieron rememorar las épocas de la prohibición, ya que las áreas turísticas de las ciudades fronterizas mexicanas estaban notoriamente concurridas por ciudadanos estadounidenses cuando se permitió la apertura de centros nocturnos: las calles Revolución y Coahuila en Tijuana, o la Juárez y Mariscal en Ciudad Juárez, por ejemplo.

En contraste, los ciudadanos mexicanos sin residencia o ciudadanía en EUA tuvieron el estricto cierre, de tal manera que la convivencia e interacción que siempre había distinguido a ciudades hermanas se vio violentamente interrumpida, concretamente en los viajes de mexicanos a territorio estadounidense. Esta interrupción no sólo incluía una forma de vida histórica basada en el intercambio e interdependencia comercial, sino que también en los lazos familiares, afectivos y comunitarios.

En ese sentido, quedó de manifiesto la relación de poder entre ambos países, las capacidades y el control factual y simbólico ejercido desde el norte, y las limitaciones y consecuencias más notorias en el lado sur. Precisamente, lo simbólico es fundamental en las medidas de control, ya sea a través de la estrategia del miedo, o bien, mediante procesos simbólicos construidos históricamente, como este caso de impedir el paso de sur a norte, pero estar libre de norte a sur. En esas circunstancias el ciudadano mexicano con visa de turista, por ejemplo, estaba con la esperanza mes tras mes de leer o escuchar el anuncio de una reapertura, es decir, mantuvo una decepción y frustración que se repitió en 18 ocasiones. El sueño americano se hizo más onírico en este periodo. Fueron los mexicanos, finalmente, los que padecieron esas medidas de control fáctico y simbólico. Asimismo, los migrantes nacionales o extranjeros, o los solicitantes de asilo, por ejemplo, también fueron víctimas de esas medidas de control factuales y simbólicas, a decir, de esas relaciones de poder.

Las relaciones de poder, a través de las medidas de control fáctico y simbólico, han sido una práctica inherente a la política migratoria estadounidense, por lo que, al concluir las restricciones, dichas prácticas no han dejado de manifestarse de alguna u otra manera, ya sea por medio de la distinción entre vacunados y no vacunados, o bien, por los mismos mecanismos ejercidos en toda la historia bilateral.

Queda, por lo tanto, un largo camino bajo ese esquema ya conocido de relaciones de poder, donde lo que habrá de cambiar serán los sucesos y contextos históricos (foco de alarma es el tema del agua, por ejemplo), ya que estamos en una época de cambios y coyunturas definidas desde los centros de poder.

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